viernes, 25 de junio de 2010

Para el amigo y compañero Juan Córdoba

El Peronismo, no se compara, ni con los rusos ni con la Casa Blanca.

viernes, 18 de junio de 2010

¿Por qué será?

¿Por qué será que lloro cuando tendría que reír? ¿Por qué será que no tengo sueños comunes? ¿Por qué será que ya no quiero ser el que supe ser? ¿Por qué será que vivo angustiado cuando tengo todo a mí alrededor? ¿Por qué será, que a pesar de todo, aún creo que es posible?

Miro la historia y no veo más que mártires ahogados en penas de gloria. ¿Por qué será, que a pesar de todo, aún creo que es posible? Será por locura, por delirio o realmente estaré convencido. ¿Realmente estaré convencido?

No somos los primeros, me atemoriza pensar que tampoco seremos los últimos, y entonces, ¿Por qué luchamos? Será nuestro amor, nuestra pasión o realmente sabemos los que hacemos.

Tantas muertes, tanto dolor, tanta injusticia. Eso, ahí hay una clave. Las injusticias. Injusticias al salir a la calle, injusticia al leer un libro, injusticia cuando pensamos, injusticia cuando cerramos los ojos y respiramos. Pero… ¿Por qué será que, a pesar de todo, creemos en la justicia? Hubo un tiempo que triunfó, pero fue muy poco y ni lo conocimos. Entonces ¿Por qué luchamos? ¿Qué nos moviliza? Me animó a apuntar que nos mueven sentimientos. Así como en el amor, no se piensa sino que se siente y listo.

¿Qué nos une con tantos hombres que pasaron, fallaron y murieron? ¿Será que ellos soñaron lo mismo? ¿Será simplemente que todos somos mortales?

Sinceramente no se si es válido dar una respuesta por medio de una pregunta. Sin embargo, me animo a responder que aún creo que es posible porque encontré a otros con los cuales observamos al mundo y nos preguntamos: ¿Por qué no?


Matías Fernández

Si de traición se trata

Dicen que al ver acercarse a Marco Junio Bruto, Julio Cesar proclamó: ¿Tu también hijo mió? Uno de sus hombres más leales le pagó tanta confianza con la traición al participar de la conspiración que terminó con su vida. Judas traicionó a Jesús. A pesar de que los católicos son los máximos profetas del perdón, una vez al año realizan la quema simbólica del traidor, más de 2000 años después no lo perdonaron.

En el 140 A.C. el lusitano Viriato hizo un pacto de no agresión con el expansionista Imperio Romano a cambio de dejar libre a Serviliano, uno de los guerreros más importantes de Roma. Sin embargo, un grupo de romanos sobornaron a los embajadores lusitanos Audax, Ditalco y Minuro para que lo maten. Luego de liquidar a Viriato, estos fueron a cobrar la recompensa, pero el cónsul Servilio Cepión, sucesor y hermano de Serviliano, ordenó la ejecución de los asesinos pronunciando la famosa frase “Roma no paga a traidores”.

Dante Alighieri, en su Divina Comedia, cuenta que la traición es el máximo pecado que se puede cometer y merece el peor de los castigos en el infierno, que consiste en ser devorado por el mismo diablo. Dice que hay cuatro tipos de traiciones que puede cometer el hombre: contra los parientes, contra la patria, contra los huéspedes y contra sus bienhechores.

Si hablamos de política Argentina la traición es moneda corriente, basta con recordar que Perón fue derrocado por los generales que meses antes, le había asegurado lealtad. Lucifer tiene alimento frecuente con la gran cantidad de traidores a la patria que tenemos aquí. Una de las más contemporáneas fue el voto no positivo de Julio Cóbos. Ese día en el Congreso, luego de que el vicepresidente vote en contra del proyecto de ley de su gobierno y rechace la resolución 125, varios legisladores oficialistas repitieron las palabras de César, “¿Tú también hijo mío?”.

Estas son tan sólo historias sueltas de una vieja práctica humana. La traición duele y mata, pero así como Roma no perdonó, la historia tampoco lo hará.

 
Matías Fernández

jueves, 17 de junio de 2010

miércoles, 16 de junio de 2010

Días que pasaron a la infamia

El 16 de junio de 1955, a las diez y treinta horas, un grupo de oficiales trató de cumplir con el sueño de la oligarquía: Matar a Perón.

Más de cien bombas cayeron en la Plaza de Mayo desde aviones que luego de cometer esta atrocidad, se refugiaron en Montevideo. En tierra, insurgentes trataron de tomar la Casa de Gobierno pero fueron derrotados por las patrióticas filas del regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín y el Batallón Buenos Aires. A pesar de la negativa de Perón de mezclar a civiles en su defensa, una cantidad importante de obreros empuñó las armas en una inevitable reacción popular.

Con más de 400 muertos y 1500 heridos, esa tarde, la lluvia cayó torrencialmente sobre la ciudad de Buenos Aires.

Lleno de bronca pero haciendo honra a su grandeza, Perón llamó a “no unir a la infamia de los atacantes, nuestra propia infamia”. Sin embargo, esa noche fueron incendiadas cuatro iglesias y dos capillas.

Esta tentiva fue la antesala del definitivo golpe que se ejecutaría meses después. La oligarquía, el clero y los sectores parasitarios de la economía argentina, estaban dispuestos a destruir todas las obras del peronismo. El 16 de septiembre siguiente, estalló la “Revolución Libertadora” que culminó con la renuncia de Perón. Así, la oligarquía nacional con el apoyo del Imperio Británico, arremetió contra la organización sindical, destruyó las instituciones peronistas, proscribió al movimiento, canceló las políticas sociales y marcó el inicio de un nuevo proceso de sometimiento para el pueblo. De todos modos, el legado histórico de esos años de felicidad y grandeza no lo pudieron destruir jamás. A pesar de los fusilamientos, a pesar de la proscripción, a pesar del terror, el peronismo vive. La sabiduría del General se cumplió una vez más, pues lo que el dejó en el alma de cada peronista, no se pudo destruir “ni con discursos, ni con sermones, ni con mentiras, ni con calumnias”.

Matías Fernández